A los 16 años, el mundo se mide por la fuerza de las ilusiones. En aquella época de mi juventud, mi día a día transcurría en un hermoso equilibrio creativo: alternaba mis estudios puramente artísticos en la Escuela de Artes con mi gran pasión por la aguja en la Escuela de Diseño de Nacho Latorre Bazán. Fue allí, entre el aroma a tiza de sastre, las montañas de bocetos y el sonido de las tijeras sobre el tejido, donde descubrí lo que significaba la verdadera excelencia textil.
Nacho Latorre no era un profesor común. Era un gran profesional, un hombre profundamente entregado a sus alumnos. Pero si tuviera que definirlo con una sola palabra, esa sería paciencia. Tenía una paciencia infinita para pulir nuestros errores y guiarnos en un oficio donde un milímetro lo cambia todo. Sus diseños propios eran fascinantes: peculiares, audaces y, por encima de todo, poseían una impronta impecablemente cuidada que a mí me hipnotizaba. Consiguiera lo que consiguiera con los volúmenes, su estilo era siempre, de manera innegociable, muy femenino.
Bajo su tutela me atreví a participar en un reto mayúsculo: el 1er Concurso de Diseño de Modas inspirado en el Traje Regional Aragonés, organizado mano a mano con la mítica emisora Radio Cadena Española. El desafío consistía en mirar nuestras raíces —los refajos, los brocados, el peso de nuestra historia— y reinterpretarlo bajo una mirada contemporánea y alta costura.

Logré llegar a la final. En ese momento, con la timidez y la inocencia propias de una adolescente, no supe valorar la magnitud de lo que estaba viviendo. Hoy, con la perspectiva que dan los años y la madurez en el oficio del patronaje, me doy cuenta de lo muchísimo que aprendí de Nacho Latorre en aquel taller.

En casa conservo, como un tesoro congelado en el tiempo, las fotografías de aquella noche y un trofeo precioso. Cada vez que lo miro, no solo veo el reconocimiento a mi diseño finalista; veo el reflejo de una época dorada de la moda aragonesa, el eco de las ondas de Radio Cadena y, sobre todo, la generosidad de un maestro paciente que nos enseñó a esculpir la feminidad en tela.

